Los Excluidos: Víctimas acusadoras de la injusticia

2000-08-08 00:00:00

Se hablaba de pobres; después de subdesarrollados; luego de marginados... Sabemos que hay una acción perversa de
exclusión que produce hombres y mujeres sobrantes, que no cuentan para nada, ni siquiera para la economía. Esta es la gran
pobreza la de los excluidos.

Los excluidos existen y son personas

Lo peor que les puede ocurrir a los pobres y al tema de la pobreza es que nos acostumbremos a su existencia y constante
crecimiento. Un antídoto puede consistir en recordarnos insistentemente que los pobres están ahí, tienen rostro, viven, forman
parte de nuestra sociedad, de nuestra familia humana.

"La pobreza, en general, ha ido en aumento en América Latina y el Caribe, y si en 1992 se calculaba que había 266 millones de
pobres (un 66 por ciento del total de la población) se prevee que para el año 2000 habrá casi 300 millones. (G. Iriarte. "Análisis
crítico de la realidad", Cochabamba, 1999, p.186). En Paraguay los índices de pobreza son alarmantes. En el área rural hemos
llegado a un nivel de indigencia del 81 por ciento y en el área urbana la población marginada y pobre crece cada día más. Un
padre de familia de un Bañado me decía entre desesperado y con rabia: "Hace dos meses que busco trabajo y no encuentro. Mis
hijos no tienen para comer. Voy a hacer una huelga de hambre para protestar o morir". Una mujer campesina, anémica y enferma,
llega del interior al rancho de hule y latas de su hija que está en Asunción porque no tenía para comer ni para tratarse su
enfermedad. Una madre de familia al preguntarle por los estudios de su hija de nueve años me contesta: "no la pude inscribir en
la escuela porque no tenía plata".

Miles de familias paraguayas sufren situaciones semejantes y aún peores. Los niños obligados a trabajar y a mendigar, los
campesinos sin tierras, los desempleados y subempleados, los sin techo, los barrios marginados de nuestra ciudad, la situación
de los indígenas, los emigrantes del campo a la ciudad y de Paraguay a Buenos Aires son otros tantos rostros y exponentes de la
pobreza y exclusión sociales en que vivimos inmersos. Referirnos a la pobreza, analizarla, buscar comprenderla e indagar formas
de superarla es mucho más que un ejercicio teórico o que una especulación filosófica o social. Es acercarnos a situaciones
trágicas de seres humanos que comparten nuestro tiempo y nuestra geografía; es hacernos cargo de unas carencias, de un dolor,
de unas injusticias que diariamente afectan a millones de personas. Los pobres y excluidos no son únicamente construcciones
mentales, son hombres y mujeres que nos interrogan desde el fondo de su tragedia y desde su lucha diaria por una miserable
sobrevivencia.

Además, y no es de poca monta la observación, en Paraguay y también en la mayor parte del mundo, los pobres, los marginados
y los excluidos son hoy día la mayoría.

Por qué y cómo son excluidos

La palabra "pobre" y el concepto de "pobreza" ya no son suficientes para definir y explicar la situación actual de sectores cada
día más amplios de la sociedad y en concreto de nuestro entorno. Generalmente pobre indica una carencia de recursos
necesarios y un modo de vida caracterizado, entre otras notas, por 1a desintegración y la anomia sociales. Sin embargo hoy día
acontece la pobreza en un mundo globalizado, desigual y excluyente. En un Paraguay que depende y se interrelaciona cada vez
más con el mundo, en un Paraguay escandalosa e irracionalmente desigual y en un Paraguay que deja fuera del sistema
económico y político, que excluye, a numerosos de sus ciudadanos.

Nuestra sociedad produce sectores humanos, cada vez más amplios, que quedan fuera del sistema social imperante. No son
pobres porque tienen poco o porque están en proceso de integración social. Son pobres porque han quedado fuera del sistema y
por lo tanto continuarán siendo pobres mientras el mismo no cambie. De ahí que hayamos tenido que acuñar el concepto de
"exclusión social" para poder explicar muchos fenómenos y factores que el término de pobreza ya no explica. El hecho de partida
para el análisis de la exclusión social es que el modelo de crecimiento económico que tenemos está empeorando la situación
personal de numerosos de nuestros conciudadanos. La actual organización socioeconómica no sólo no ofrece ventajas a la
mayoría sino que a muchos los excluye originariamente, sin dejarles posibilidad para desarrollarse.

Algunos elementos básicos de la exclusión social son: a) El gran porcentaje de desempleo persistente, b) la desigual situación de
los ciudadanos en lo referente a la educación y al nivel de ingresos, frente al mercado; c) la relevancia en la sociedad del mercado
libre de estar "in o out". Las relaciones de los ciudadano con la comunidad y con los sistemas económicos imperantes se definen
no ya por la jerarquía de clase o por la desigualdad económica (estar más arriba o mas abajo en la escala social) sino muy especial
y simplemente por estar dentro o fuera del circuito de relaciones económicas y de consumo. El excluido se siente hoy expulsado
por unas fuerzas que él no domina y que son las que convierten la exclusión en un drama personal y social. d) La insuficiente
aplicación de los derechos sociales reconocidos por el sistema democrático en que vivimos.

Definimos, por lo tanto, la exclusión social como la negación o separación de ciudadanos, familias, grupos y colectivos sociales
de la posibilidad de colaborar en los sistemas socioeconómicos del país por quedar aislados de ellos e impedidos de obtener los
recursos para cubrir sus necesidades básicas.

Al concepto de pobreza y de marginalidad, el de exclusión social añade el componente de su persistencia, de su origen
estructural y, por lo tanto, endógeno al sistema, el de producir una fragmentación de la sociedad y el de constituirse en un
problema esencialmente político. En Paraguay podemos señalar algunos elementos determinantes en la producción de la
exclusión social: la acumulación de la tierra en pocas manos y la falta de servicios y planes racionales de promoción campesina,
la falta de trabajo, el bajo nivel de formación, el nivel de ingresos por debajo de lo necesario para cubrir las necesidades básicas,
la falta de espacios de representación social y política. Todos los factores, no pueden ser imputados a situaciones coyunturales,
son causados por factores propios del sistema político y económico, del modelo de desarrollo que se ha venido implementando
por décadas. Los problemas de la falta de tierras y de empleo, juntamente con el bajo nivel de formación de la mayoría de nuestra
población, podríamos señalarlos como los factores "exclusógenos" más inmediatos e influyentes; el funcionamiento de nuestra
política y del Estado serían otros factores también determinantes. En 1994, en el Seminario sobre "La Pobreza en Paraguay"
organizado por CEPAG, ya indicaba el Dr. Nicolás Morínigo que una de las "fábricas de la pobreza" era este modelo de Estado
que tenemos.

La pobreza y la exclusión social, negación de la justicia

Siempre la pobreza ha tenido un componente de injusticia evidente. No por casualidad pertenece a las entrañas del cristianismo
la denuncia de la pobreza, la lucha contra la opresión y la solidaridad con el pobre. Numerosas luchas revolucionarias han hecho
de la superación de la pobreza, como expresión de la injusticia, una de sus principales banderas. Sin embargo, hasta
prácticamente los comienzos de este siglo, la superación de la pobreza tropezaba con factores muchas veces insalvables.
Actualmente, en esta era de la tecnología de punta, de la acumulación de capital, de la comunicación casi instantánea y de la
globalización nos encontramos con la paradoja de que, existiendo medios suficientes como para poder evitarla, sin embargo se
hace más persistente y amplia cada día.

Siguiendo los pasos de Aristóteles y del jurista romano Ulpiano, Tomás de Aquino en la Edad Media definía la justicia como: "el
hábito según el cual, de manera constante y perpetua, le damos a cada uno su derecho". Para este autor durante siglos ejercería
una influencia enorme en Occidente, esta virtud es una de las cuatro fundamentales que articulan el actuar humano correcto y de
entre ellas la principal. Desde 1948, después de una larga y complicada trayectoria, la humanidad ha llegado a consensuar en que
consiste el objeto principal de la justicia, el dar a cada uno "su derecho" me refiero a la declaración y ratificación por las
Naciones Unidas de los derechos humanos. En su artículo 2 declara solemnemente: "Toda persona tiene todos los derechos y
libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna" (El subrayado es nuestro). Esta radical e igual dignidad de
todos, base sobre la que se asienta e1 imperativo ético de la justicia, se fundamenta en la misma naturaleza racional y libre del
hombre. Para la fe cristiana su afirmación es rotunda e inequívoca desde la concepción del hombre como "imagen y semejanza de
Dios" y, sobre todo, como redimido y asociado a la humanidad de Cristo: "1o que hicieron con alguno de estos mis hermanos
más pequeños, lo hicieron conmigo" (Mt. 25,40)

La justicia implica realizar en la vida concreta el respeto y el cuidado por la dignidad humana. "todo en el mundo tiene un precio
-decía Kank-; sólo el hombre tiene una dignidad" . Supone también el reconocimiento de la dimensión de "alteridad" que el ser
humano posee. El rostro del otro, como absolutamente valioso, como irrepetible y lleno de significación al margen de sus
determinaciones posteriores. La justicia implica también el reconocimiento de la comunidad, de la sociedad coma ámbito
necesario para su realización. La afirmación del valor absoluto de la persona, el reconocimiento de la personalidad en y del otro y
la aceptación de la dimensión social del hombre y, por lo tanto, del valor de la sociedad son supuestos absolutamente necesarios
para lograr una convivencia en orden, en armonía, es decir, justa.

La justicia, como firme y constante voluntad de dar y reconocer a todos sus derechos. hoy se traduce por el reconocimiento en
toda persona de sus derechos fundamentales, en el respeto y promoción, por parte de la autoridad pública de los mismos y en la
contribución de los particulares y de los gobernantes para que la sociedad sea un espacio con capacidad para defender,
promover y hacer posible el ejercicio de esos derechos a todos los ciudadanos.

La justicia, además, es un valor y una virtud que tiene como elementos constitutivos la alteridad, la igualdad y la exigibilidad.
Siempre dice referencia a una relación entre personas o grupos; donde no hay relación y comunicación no es posible la justicia.
Exige la igualdad, en el sentido de igualdad de oportunidades, igualdad en el respeto y consideración, en el ejercicio de los
derechos fundamentales e igualdad entre lo que se debe y lo que se tiene que dar. La justicia requiere exigibilidad. Respetar lo
que es del otro, respetar los derechos del otro, permitir que el otro despliegue sus posibilidades y su vocación a través del
ejercicio de sus derechos no es un favor, no es un acto de gratuidad y menos de caridad, es simplemente cumplir con una
obligación y con un deber moral. Lo justo se exige, no se implora.

La pobreza, la marginación y la exclusión sociales son una de las negaciones más aberrantes de la justicia de los tiempos
modernos.

La pobreza como carencia de lo necesario para vivir es la negación de la justicia en lo que ella implica de reconocimiento de la
dignidad de la persona. Los niños desnutridos y saliendo a pedir y a trabajar, los adultos sin trabajo y sin ingresos para sostener
a su familia, los enfermos que se deterioran y mueren por falta de medios, las familias hacinadas y sin viviendas, los analfabetos
son otras tantas formas de insultar y denostar la dignidad de la persona humana. Cada pobre, en este sentido, es una injusticia
viviente y es una bofetada a todo ser humano que valore y respete su propia dignidad.

La pobreza como marginalidad es la negación de la justicia en lo que ésta implica de reconocimiento del otro, de la alteridad como
constitutivo de la persona. Marginar es discriminar, es apartar e implica la aceptación por parte de la sociedad de personas y
grupos que son menos, que pertenecen a otra categoría, que no se integran al "nosotros" socialmente reconocido y aceptado. La
marginalidad sobre todo del indígena, del campesino errante y sin tierras, del poblador de los bañados, del emigrante de las villas
miseria, de los asentamientos en basurales, veredas o bordes de los caminos, esa marginalidad que en Paraguay adquiere rasgos
propios es y constituye una tremenda injusticia a la persona, a las familias y a los grupos humanos que la sufren. Los barrios
marginados son el exponente de una sociedad que ha perdido la vergüenza, que es incapaz de sonrojarse ante los harapos de mi
otro yo que es cada marginado, es una sociedad que goza, avanza y acumula sobre las lágrimas, el dolor y la muerte de su
semejante.

La marginalidad es otra encarnación cruel de la injusticia y aceptarla es convertirse en cómplice de la misma.

La pobreza como exclusión es la negación de la justicia en lo que esta implica de aceptación de la sociabilidad, de la necesidad
del bien común para la realización en la paz y en el orden de todos los seres humanos que compartimos un mismo tiempo y un
mismo espacio. La exclusión social es la aceptación de una sociedad escindida, fragmentada, desigual. Es la aceptación de una
sociedad no habitable, no sostenible, no ajustada a los requerimientos del ser humano, injusta. Aceptar un sistema y un modelo
de sociedad que produce excluidos, que deja a la mitad de la humanidad sin posibilidades para realizarse, que enriquece a una
minoría a costa de destruir y de humillar a una mayoría es sencillamente aceptar una de las mayores injusticias con las que
podíamos soñar. Nos avergonzamos hoy de las sociedades que aceptaron la compra-venta de esclavos, nos avergonzamos de la
sociedad que toleró el exterminio de judíos. ¿Por qué no nos avergüenza y por que no nos sublevamos contra esta sociedad que
produce excluidos, que produce niños explotados, hambrientos y analfabetos, que produce padres y madres sin vivienda, sin
trabajo y sin alimentos para sus hijos, que produce campesinos sin tierras en un país enorme y despoblado, que produce
poblaciones enteras analfabetas, ignorantes y alienados por el peso de la sobrevivencia de cada día? Además se carga de culpas
y cualidades negativas a los excluidos como forma de legitimar este sistema que los produce. Uno de los fenómenos más injustos
e inhumanos que producimos consiste en que los sistemas de pensamiento teórico-prácticos del mundo contemporáneo se
basan en una gran legitimación de la exclusión socia] en sus diversas formas.

Frente a la pobreza, la marginalidad y la exclusión social se impone el ejercicio cada día más decidido de la justicia. De ahí que
modernamente se hable de la justicia social como de una dimensión fundamental de la conducta humana. "La justicia social tiene
la misión de inspirar un sistema social y político fundado en el disfrute de los derechos humanos para todos los ciudadanos...
Encarna lo más característico del hombre moderno, orientado a realizar el dominio humano sobre la naturaleza y el mundo, sobre
el azar y el servilismo... La justicia social quiere imponer el triunfo de la ley sobre el azar, el triunfo del derecho sobre la fuerza, el
triunfo de la libertad sobre la tiranía, el triunfo de la justicia sobre la explotación, el reino del bienestar sobre el imperio de la
miseria. Sólo así se puede lograr la victoria del hombre sobre las cosas y las instituciones salidas de nuestras manos... La justicia
social encarna el espíritu de sana rebeldía del hombre contra la esclavitud impuesta por el medio social, la rebeldía contra la
pasividad y la resignación ante la presencia de males que son superables." (Gregorio Rodríguez de Yurre. Curso de Doctrina
Social Católica. BAC, Madrid, 1967, pág. 223).

Por decencia y por conveniencia se impone luchar contra la exclusión

Por ética, por conciencia de lo que implica el ser y el vivir como personas, se impone afrontar la injusticia de la pobreza y de la
exclusión social.

No podemos aceptar que seres iguales a nosotros estén condenados a vivir sin poder ejercitar sus derechos fundamentales. Una
sociedad que admite eso es una sociedad violenta y que pierde capacidad de legitimación.

No podemos aceptar que esa mitad de la humanidad de pobres y excluidos sean tratados casi siempre como objetos. Objeto de
acumulación de riqueza, objeto de manipulación política, objeto de beneficencia y de caridad. El ser humano, todo ser humano es
siempre un sujeto y nunca un objeto. En este sentido casi todos los programas y planes de superación de la pobreza caen en
esta enorme injusticia, tratar al hombre oprimido, a los sectores marginados, a las muchedumbres excluidas como objetos de
diferentes acciones y proyectos.

No podemos aceptar que se desprecie a la humanidad pobre ignorándola o, lo que es peor, pensando que no vale la pena
ocuparse de ella porque no sirve para nada. Otra vez aceptamos tratar a personas, a nuestros iguales, como objetos, como cosas
que se miden por su capacidad de producir riquezas, de garantizar éxitos, de justificar los gastos en tiempo o en capital.

No podemos aceptar que mientras para un trabajador el salario mínimo sea de 180 dólares (y sabemos que ni la mitad de la
población económicamente activa gana eso), el de un parlamentario, de un general, de un asesor de entidades públicas esté entre
los 1.000 y 4.000 dólares. No es justo que un ingeniero o un arquitecto (por poner un ejemplo) sientan como anormal ganar
menos de 1.500 a 2.000 dólares mensuales y ese mismo profesional pague a sus obreros los 180 dólares estipulados por ley.

La ética, la moral, la aceptación del ideal de los derechos humanos y, para el cristiano, los valores del evangelio y la persona de
Cristo nos impiden aceptar estas injusticias. No es decente humana y cristianamente hablando.

Pero tampoco es conveniente a la humanidad, a cada uno de nosotros, a cada nación, a los sectores más ricos del Paraguay el
continuar manteniendo esta situación de pobreza y exclusión. Ni económicamente, mucho menos socialmente y, menos aún,
moralmente, nos conviene la pobreza. Ella supone no productividad, imposibilidad de consumo, fragmentación de la sociedad,
violencia, deterioro de 1a convivencia humana. De la misma forma que la destrucción de la naturaleza es un factor que se vuelve
en contra de nosotros mismos a corto y a largo plazo, la destrucción de 1a integración social, de la igualdad fundamental entre
los hombres, de la posibilidad de una vida digna para todos pone en peligro nuestro presente y nuestro futuro. "La pobreza, dice
Luis de Sebastián, es un fracaso ético y técnico. Es un atentado contra la inteligencia humana y contra la moral. La pobreza es
objetivamente una estupidez y un pecado de los hombres" (una injusticia).